Los yámanas vivían
en las costas del canal beagle y en las islas que se extienden, bajando
hacia el sur, hasta el Cabo de Hornos. Su vida dependía del océano,
en el que pasaban la mitad de su tiempo a bordo de sus canoas. Eran pescadores,
recolectores de mariscos, cangrejos y hongos; cazadores de lobos marinos
y nutrias y, eventualmente, de ballenas cuando éstas se acercaban,
agotadas o enfermas, y varaban en alguna playa.
No tenían asentamientos
fijos. Su constante navegar desafiando con sus canoas de corteza de lenga
los vientos y tempestades, los llevaba de un extremo a otro de su territorio
que se extendía hacia el Atlántico. La resistencia de estos
hombres y mujeres al clima hostil y extremadamente riguroso en invierno
hoy nos asombra y sigue siendo un ejemplo límite de la adaptabilidad
humana.
Formaban grupos de familia extensa
de hasta cuarenta personas. El núcleo familiar , generalmente monogamico
y con dos niños, se trasladaba constantemente en busca de alimento.
Su sobrevivencia dependía del fuego, de las hogueras que, noche
a noche, encendían con extraordinaria pericia. Los yámanas
llevaban el fuego a dondequiera que fuesen: un rescoldo viajaba en el fondo
de las canoas sobre un cuenco de arena y pasto.
Una vez en familia, los niños
eran los encargados de cuidar el fuego y achicar el agua, las mujeres remaban
y nadaban, los hombres, en la proa con el perro familiar, atentos con el
arpón a conseguir alimento.
Para protegerse cuando el frío
arreciaba, se cubrían con una piel de nutria dispuesta sobre los
hombros.
Sus armas eran el arco y la
flecha y su instrumento de caza era el arpón. Esta tecnología
básica sencilla implicaba la industria del hueso y de la piedra,
los elementos con los que confeccionaban las puntas de los arpones, lanzas
y flechas, cinceles, cuñas, punzones y repasadores. Eran también
notables cesteros. Para sus constantes desplazamientos, cada familia
poseía una canoa de hermoso diseño confeccionada con
corteza de lengua cosida con tientos de tendón o barbas de ballena.
En sus asentamientos provisionales
construían una vivienda en forma de cúpula hecha con ramas
cubiertas de musgo, barro o cueros. La mayor construcción era la
que levantaban para la ceremonia de la iniciación en la pubertad,
de suma importancia de esta cultura, al igual que en la selk'nan. Este
ritual reunía por varios meses a los maestros a los discípulos
con sus padrinos para esta ocasión; el cuerpo se pintaba con líneas
y puntos en blanco, negro y rojo. El chamán presidía con
su autoridad la ceremonia en las que los mayores transmitían enseñanzas
básicas vitales y de la vida familiar y comunitarias a los que dejaban
la niñez y comenzaban su vida adulta.
Para los yámanas existían
dos órdenes de lo sobrenatural: un ser supremo, dueño
de todo lo existente, dador de alimento y señor de la vida y de
la muerte, ser activo que participaba en la vida comunitaria; y el mundo
de los espíritus y las almas de los grandes chamanes muertos.
La arqueología actual ( Orquena y Ppiana ) nos habla de la excelente adaptación ecológica de esta comunidad, seguramente basada en lo selectivo de la caza del lobo marino, que mantuvo la población animal a lo largo del tiempo, sosteniendo la dieta alimentaria de los yámanas. También los mismos investigadores han registrado el sitio más antiguo fechado de esta comunidad: el denominado túnel I, lugar donde alguien "encendió fuego y consumió parte de un lobo marino", hace unos siete mil años.
Por ser su zona los canales que continuamente navegaban, los yámanas fueron los indígenas que los europeos vieron y contactaron con mayor frecuencia en sus viajes de paso interoceánico. En los siglos siguientes al descubrimiento del Cabo de Hornos, caería sobre ellos y su territorio el peso abrumador del choque con otra cultura.
Rodrigo Manuel Alonso Alesso